*Marcelo Prado González

En Argentina existen dos universidades nacionales (1) —Universidad de Buenos Aires y Universidad Nacional de San Martín— que desde hace más de una década realizan una experiencia novedosa que ya se encuentra institucionalizada: la instalación intramuros de una unidad académica autónoma en una cárcel, donde tanto los internos como personal de la prisión estudian carreras universitarias.

De la experiencia de ambas universidades, la primera con veinte años de existencia y la segunda con once, hemos de referirnos a esta última (la Universidad Nacional de San Martín – UNSAM) como la unidad académica penitenciaria “CUSAM” (Centro Universitario San Martín) objeto de estudio, la cual se encuentra dentro de la Unidad Penitenciaria No. 48 (cárcel de máxima seguridad) del Servicio Penitenciario Bonaerense.

Para que los lectores puedan entender el concepto que explicamos, señalamos que quien quiera ingresar al CUSAM, primero deberá entrar al penal, atravesando pasillos y puertas enrejadas para poder entrar a un área física, que es de la universidad o, dicho de otro modo, donde rige la plena autonomía universitaria y sus autoridades, en reemplazo de las penitenciarias. Cualquier hecho o circunstancia que ocurra entre los estudiantes en ese ámbito ya no es jurisdicción del servicio penitenciario, sino del rectorado, su consejo superior o sus órganos administrativos, como ocurre en cualquier facultad de la universidad.

En dicha unidad se imparten las licenciaturas en Sociología y Trabajo Social, además de cursos y diplomaturas universitarias, como así también se realizan actividades académicas y culturales, con cualquier otra dependencia educativa universitaria del país.

Lo llamativo del sistema es que, presos (2) y personal de la prisión estudian juntos, tanto hombres como mujeres —como ocurre en cualquier otra unidad académica externa— es decir que, mientras los presos salen de sus celdas para ir a la universidad, o son trasladados de otras unidades penitenciarias, los guardias bajan de las garitas de los muros, para convertirse, por unas horas al día todos ellos en estudiantes universitarios en igualdad.

El dato más relevante reside en el hecho de que, mientras que la Dirección Nacional de Política Criminal en Materia de Justicia y Legislación Penal señala que el índice de reincidencia del detenido primario es del 73%; la Universidad de Buenos Aires señala que el índice de reincidencia de los presos que estudian en sus aulas es del 3% y la Universidad Nacional de San Martín tiene en su propia estadística, un 0%.

Todos los presos que estudian en el CUSAM y concluyen sus estudios, cuando obtienen la libertad pasan a desarrollar tareas de investigación en la universidad y se incorporan a la carrera académica, al punto que quien escribe este trabajo tiene como colegas sociólogos recibidos en esa unidad.

Pero, ¿por qué ocurre esto?

Cabe hacer entonces la misma pregunta de nuestro trabajo de investigación: ¿Por qué el índice de reincidencia se reduce al 0%? ¿Sólo con estudiar una carrera universitaria se puede lograr la (mal)(3) llamada rehabilitación del delincuente? ¿Estudiando, por ejemplo, la fecha de la Revolución Francesa o la Doctrina de los Derechos Humanos se deja atrás un camino de criminalidad? Ciertamente no; la solución no pasa únicamente por el estudio y la memorización de datos, escuelas de pensamiento, autores o teorías, sino —a tenor de nuestras observaciones— por el contexto; por el entorno que esto implica.

Tal vez sin proponérselo desde un principio, en la experiencia del CUSAM, que ya lleva más de diez años, pueden observarse determinados elementos, que hemos ido identificado en nuestra investigación, sin descartar otros que se hagan visibles en el futuro.

Ellos serían:

  1. La irrupción dentro del sistema carcelario de discursos, conductas y procederes universitarios, distintos de los que habitualmente se perciben en situación de encierro. Esto permitiría el desarrollo de procesos de imitación social, (Teoría de Albert Bandura, 1925-actual. Universidad de Stanford)(4) donde docentes que trabajan intramuros naturalmente y sin proponérselo, llevan consigo formas de ser, de pensar y actuar propias de la academia, que activan procesos de observación, experimentación (imitación) y adopción por parte de los estudiantes de esas mismas conductas. 
  2. La existencia de un espacio físico con una lógica de poder y de interacción distintas a las del penal, donde el preso percibe que aquel no es usado para castigar o reprimir, sino para promover. Dicho espacio permitiría la reducción de las ansiedades básicas (ansiedad paranoide y ansiedad depresiva) donde el estudiante se percibe en un rol distinto que debe experimentar.
  3. La soberanía de la palabra dentro de dicho espacio es una característica importante que tiene que ver con el poder. Es la primera característica que los estudiantes apuntan: “aquí circula la palabra” dicen, o sea pueden hablar y escuchar al otro recobrando de tal manera su dignidad como persona (cosa que no ocurre en el contexto penal)(5).
  4. La adquisición de una nueva identidad social, y con ella nuevos roles en los términos en que lo expone la Teoría de la Identidad Social de Henri Tajfel y John Turner en 1979 por la cual, naturalmente categorizamos a los grupos sociales, nos identificamos con uno de ellos y copiamos sus características de comportamiento.

Sin duda como hemos querido reseñarlo en este trabajo, la experiencia es importantísima para las ciencias sociales y en especial para el Sistema de reforma de la justicia penal, no sólo porque permite abrir la puerta a una nueva manera de ver la rehabilitación penal, sino para pensar otras formas de justicia que no estigmatice, que no considere al así llamado “delincuente” un ser abominable sobre el que sólo se puede aplicar el castigo del encierro, la horca o la tortura.

Si a pesar de haber pasado por todo el proceso penal de encierro punitivo una persona puede ser rehabilitada, aun cuando es catalogada como “preso peligroso” y estar en una cárcel de máxima seguridad —como nuestro caso— no existen límites para pensar y diseñar mecanismos alternativos de solución de conflictos en la justicia penal inclusive. 

Es cierto que la tecnología ha avanzado a pasos agigantados, pero las ciencias sociales también, y hoy contamos con el apoyo de muchas más teorías, estudios, investigaciones y experiencias para aplicar al sistema de justicia que cuando este adquirió el perfil que se observa en todas las legislaciones. 

Proponemos entonces un camino de innovación en justicia penal con sólidas bases científicas, para el desarrollo de sociedades pacíficas y conservadoras de la dignidad humana.  

 

 

*Marcelo Prado González es abogado de la Universidad de Buenos Aires, Máster en Psicología Social de la Universitá Popolare della Lombardía di Milano, Máster en Doctrina Social de la Iglesia de la Universidad Pontificia de Salamanca, Maestrando en Gestión Educativa de la Universidad Nacional de San Martín y Doctorando en Educación de las Universidades Nacionales de Tres de Febrero, San Martín y La Matanza.

 

Notas al pie:

(1) En Argentina las universidades privadas se diferencian de las públicas entre las que se encuentran las “nacionales” porque estas últimas son dependencias del estado, en el máximo grado de descentralización. Tienen autonomía y autarquía, y su función no sólo es la de certificantes de títulos profesionales, sino como organismos que desempeñan tareas de investigación y docencia para aportar al desarrollo de la región donde se encuentran. Se las considera un factor de progreso de los territorios del país para promover la economía, las ciencias, el conocimiento, el arte la cultura, etc. En la actualidad hay 55 universidades de estas características distribuidas a todo lo largo del país. Son gratuitas para carreras de grado y pregrado y con aranceles mínimos para posgrados. Son las únicas universidades argentinas que entran en los rankings internacionales de educación superior por sus logros académicos.

(2) En este trabajo utilizamos términos como “delincuente”, “preso”, “condenado”, “rehabilitación” etc. para que los lectores puedan comprender acabadamente las ideas del mismo, atento a que puede ser leído desde distintos sistemas legales y culturas, pero en el marco de la actividad de la Universidad estos términos se reemplazan por equivalentes que dejan a salvo el máximo respeto a la dignidad humana. 

(3) Nos resulta poco académico hablar de “rehabilitación” del delincuente o “erradicación” de la pobreza por su referencia a la medicina, como si delito o pobreza fueran enfermedades del ser humano distinto de este y pudieran ser extraídas, como las adicciones, la lepra o el sarampión. Hay una tendencia muy arraigada en el imaginario social de que el preso es una suerte de “infectado social” al que no hay que acercarse y sólo le corresponde el castigo, de ser posible, con la mayor crueldad. Recomendamos la lectura de “Historia de la Medicalización” de Michel Foucault, transcripción de la segunda conferencia dictada en el curso de medicina social que tuvo lugar en octubre de 1974 en el Instituto de Medicina Social, Centro Biomédico, de la Universidad Estatal de Río de Janeiro, Brasil. Tal vez por eso ante un delito se aplique de inmediato la cura/sanción, en lugar de explorar otras alternativas.

(4) La totalidad de autores indicados en este trabajo pueden ser consultados en cualquier curso que siga los lineamientos de la Escuela Europea o Norteamericana de Psicología Social. No obstante, recomendamos a continuación un libro que contiene estudios sobre violencia, represión, identidad social, ansiedades etc.: “Hogg, M – Vaughan, G. 2008. “Psicología Social” 5ta. Edición, 2010, Editorial Panamericana, México.  

(5) No queremos dejar pasar el hecho que la palabra, en el contexto de la solución alternativa de los conflictos reviste una importancia fundamental que debe ser tenida muy en cuenta. En el caso, siguiendo el Construccionismo Social de Kenneth Gergen (1935) el estado/sociedad dice “delincuente” y esto genera un juego interaccional determinado, marcado por el delito y la reincidencia. En cambio, otra parte del estado/sociedad – una universidad – dice “estudiante universitario” y todo ese andamiaje relacional muta hacia un ser humano sin aquellas características.